dicha

I’m writing this to you now because
no one has made me feel so alone since.

Stephen Dunn, from “The Capitalist’s Love Letter,” A Circus of Needs: Poems (Carnegie Mellon University Press, 1987)


Idea de una idea

Lo que vuelve loco a un hombre
A otro hace santo
Y los santos no son locos
Están
Están llenos de locura.

Viví en el mundo andate lejos de él,
lejos de este valle de lágrimas, de este valle encantado,
rezá por el perdón pero ya estás perdonado
Dios responderá tus plegarias pero es soberbia creerlo
corta con tu espada lucha por la paz
Cená con los publicanos evitá las malas compañías,
sé discreción, y sé el escándalo
ama a tus hermanos y abandonalos con su cruz.

No somos griegos de artilugios:
Equilibrio y punto medio y medida y moderación
¡No!
Signos de exclamación
Signos
Artificios hacia Dios y viceversa, esperamos,
Al extremo, más adelante y al costado
Más arriba, más adentro.
Pero no en cualquier dirección,
Hay un sitio particular
Aquí y ahora
Y fuera de sí.

Que muera la verdad para que nazca la Verdad
Que es más verdades (infinitas) que verdad.

Vivos, podemos oler la muerte.
Huele a muertos.
¿No es extraño? ¿No es asombroso?
Es inverosímil,
Como una historia de salvación.

Esto ya se ha dicho,
Esto es nuevo.
Pero el tiempo no es un círculo
El tiempo no es una línea,
No desde que existe la eternidad.


Transpiro, siempre transpiré. Mi mamá se despertaba en el medio de la noche y me prendía la luz y yo estaba caliente y húmeda y tibia, con los ojos abiertos y las sábanas mojadas, pero sin llorar.

Cuando nací era un molusco de caparazón rosa y párpados pegados. Mis hermanos creyeron que tenía una enfermedad, creyeron que nadie se animaba a contarles.

Corro y me caen gotas gruesas de la frente hasta las cejas, algunas hasta el cuello. Cuando freno, si hay viento enseguida tengo frío, estoy empapada en todo el cuerpo, las calzas se me derriten contra las rodillas y las medias gruesas absorben como pueden la humedad. Además me vuelvo violeta. Pero corro de noche, y con las luces naranjas de los faroles negros y las luces blancas de los autos plateados parece que tengo la piel oscura, brillante.

Le empapé la camisa a mi novio, la única buena, no tiene mucha plata, de lágrimas con rimmel y un poco de baba cuando me quedé dormida llorando y me desperté y él estaba mirando el celular pero con la otra mano me había tranquilizado, la mano en el pelo con las raíces transpiradas, todo el tiempo.

Tengo un hermano rubio y más grande que yo. Las novias no le duran mucho pero se enamora más. No transpira, nunca lo vi llorar.


Me rompen el corazón, me retuercen las entrañas: la juventud militante, los mensajes de amor y los agradecimientos por la amistad en facebook, los escotes de cola de los gordos que se agachan, las chetas que incursionan en el arte, los chetos progres, los que se burlan de los chetos y le pifian, los políticos haciendo chistes, las acusaciones de cipayismo, los disfraces de las fiestas de disfraces, las excusas de la gente para explicar por qué no se recibió, los estudiantes de cine que repudian el mainstream, los actos de repudio, los chicos que te dicen que se nota que sos una mujer sensible pero fuerte.

Me carcome la vergüenza ajena.

No me une ningún sentimiento de afinidad con los que me hacen sufrir así: la vergüenza ajena es lo contrario a la compasión. Creo que tiene más que ver con un equilibrio cósmico, con compensar con mi vergüenza la culpa que ellos, los verdaderos responsables, tendrían que estar expiando.

Los que sufrimos vergüenza ajena también la damos, claro. Soy perfectamente capaz de provocar repulsión y pena, pero hay una diferencia: yo tengo la consideración de sentir, aunque sea con un poco de delay, un profundo asco de mí misma. Pero hay gente, hay gente que hace colas de horas para ir a la tribuna de un programa y no se tapa la cara cuando pasan las cámaras, que tira indirectas, que pone cara de asombro en las selfies, que está desnutrida y te dice que te sirvas una porción más de torta que estás muy flaquita, que le contesta a los famosos en twitter, que sobreactúa su desprecio por Sabina y Arjona, que hace chistes verdes en la oficina, que no deja propina nunca, hay gente impune, hay gente que no se castiga y va feliz, poniéndole nombres horribles a sus hijos y vistiendo a sus perros y dejando espacios antes de las comas y capaz esto que se llama vergüenza ajena no sea otra cosa que envidia.


Cuando era infeliz, muy infeliz, una infeliz, siempre sabía exactamente qué tendría que pasar para que estuviera bien. Una aparición de la Virgen o renunciar a mi fe, mudarme a una ciudad donde nadie me conozca, que me dé bola el forro ese que no se da cuenta lo que podríamos ser juntos, que se mueran algunas personas, que reviva otra, tener tres bebés de una, poder volar o tener 15 años de nuevo. Cualquier cosa puede ser la llave mágica cuando sos infeliz: un cambio de sexo, un cambio de especie, salir del closet y volver a entrar, casarme y enviudar y casarme con otro, dejar la carrera, volver a la carrera que dejé, dejar a todo y a todos. 

Siempre me inventaba una solución salvadora. También sabía claro que era imposible que pasara, que nunca iba a pasar, pero me pasaba la vida creyendo que si pudiera volver el tiempo atrás y hubiera nacido en otra familia y fuera 20 kilos más flaca y 10 cm más alta, podría ser feliz.

Ahora soy feliz, increíble, cada día es bueno, pero pero pero pero hay una sensación de amargura, todavía más allá de las pequeñas frustraciones y parálisis normales, siempre hay algo más profundo que falta, y me acuerdo de los bebederos que teníamos en el colegio, que tiraban un chorrito de agua que nunca terminaba de sacarme la sed terrible. 

Y no tiene solución. 

No sé si tiene una explicación la infelicidad, una explicación que yo pueda entender, pero por lo menos sé que tiene una utilidad. A mí me sirve para creer que hay una salida, aunque la esté palpando en la oscuridad, aunque me supere.

Para eso me sirve ser infeliz: para no desesperarme.